Reescribir la historia #VersionesCuriosas

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La nieve se mantenía en suspensión, como si el viento no fuera con ella. Se diría que esa capa lechosa del marco de la (esta) historia era un propósito superior, divino en muchos sentidos, y tenía por tanto venia para saltarse las leyes más básicas de conservación. A pesar de la escasa visibilidad estoy seguro de haber estado solo. El infame muro había caído haría un par de horas y la muchedumbre despavorida había abandonado para siempre aquel lado del mundo batiendo marcas. Noviembre de 1989, el precio de la vivienda en la mitad oriental de la ciudad había caído literalmente a cero y pasarían años hasta que remontara.

Sin ruidos ni movimiento alguno a mi alrededor podía concentrarme como nunca en mi recientemente adquirido poder. Sigo convencido de que la vena artística que me acompañó desde entonces no fue un simple efecto colateral; alguna entidad debía haberse apiadado de mí. Densidades fractales, flujos laberínticos, puzles de densidades… no era yo un tipo de esas creatividades. «Controlaras a tu antojo tu sangre, siempre que esta se mantenga dentro de tu cuerpo» había dicho la voz. Era de dominio general que el loco hacedor era caprichoso y bromista.

Así, superpuesto sobre la ciudad fantasma, sobre el blanco puro en levitación, empecé a mover las corrientes de mi interior. Exploré los límites de mi cuerpo y de mi voluntad, diseñé necesarios protocolos de seguridad, soñé con trombos arrasados y fortunas ahorradas en viagra. Todo minucias en comparación con la gloria de la creación que vislumbraba al fondo del torbellino carmesí, la fantasía al filo del infarto.

Yo fui el primer artista de vanguardia, guste o no. Un pintor de plaquetas, un escultor de fluidos. Sin referencias, mi arte se extendía al infinito, ¿Mi lienzo? mis entrañas, ¿Mi objetivo? la vida como arte (estricto sensu).

Fue una cuestión de minorías al principio. No eran muchos los que fascinados acudían a los encuentros en casas abandonadas, maliluminadas por velas y maltratadas por el frío, en las que el eco repetía mis narraciones. Incluso entre aquellos primeros adeptos muchos me veían como un simple relator, un cuentista fantástico en la noche berlinesa. Pero otros creían, veían el fervor en mis ojos, las gotas de sudor… y de algún modo podían sentir también lo que ocurría mi interior.

Hoy todo es muy distinto. Con la nuevas técnicas de monitorización las masas se apelotonan y pagan cantidades absurdas para ir a los estadios donde se proyectan los gigantes hologramas. Me vitorean y entran en éxtasis, gritan hasta desgarrar sus cuerdas vocales mientras yo, anclado a tubos y sensores, exhibo la milimétrica precisión y divina violencia con la que domino las mareas de la vida. Siempre sobre un fondo blanco, ese exquisito baño lechoso que lo ha de envolver todo, donde mi mente se alinea y reencuentra la inspiración de aquella primera vez.

Os dejo una lista de curiosas versiones, ¡hoy hay permiso especial para reescribir la historia!

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